Nacida en Santiago y con una infancia marcada por la cercanía familia y el amor por el dibujo gracias a la influencia de su madre, quien se desempeñaba como arquitecta, Paloma relata que durante toda su etapa de niñez tuvo acceso a libros y herramientas creativas que la impulsaron a desarrollar su talento en las artes visuales. “A mi me gustaba mucho dibujar y mi mamá estuvo muy atenta para poder entregarme buenos lápices, papeles y ese tipo de cosas que me encantaban”, relata la artista, quien enfatizó en la importancia de otorgar “buenos materiales” a los niños y niñas para que puedan potenciar sus respectivas habilidades.
Valdivia sostiene que su infancia estuvo marcada por las canciones de Pink Floyd, los poemas de Pablo Neruda y las obras autodidactas de Henri Rousseau, influencias que, de alguna u otra manera, se trasformaron en el puntapié inicial para el estilo que posteriormente la convertirían en la mejor ilustradora contemporánea de nuestro país.
No obstante, la ilustración no apareció en su vida hasta su época universitaria, mientras estudiaba Diseño en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Un día, como por arte de magia, se encontró un letrero que invitaba a participar a un seminario de ilustración. A partir de ahí, el resto fue historia.
Hasta la fecha, Paloma Valdivia ha obtenido premios y nominaciones a los principales galardones de la disciplina a nivel mundial, como por ejemplo su nominación al “Nóbel” de la literatura, mejor conocido como el premio Hans Christian Andersen en 2024. Además, la artista ganó el Gran Premio de la Bienal de Ilustración de Bratislava en 2023 y un reconocimiento en la reciente Feria del Libro Infantil de Bolonia 2026.
En ese contexto, y en el marco de su exposición “Una Paloma en el Molino”, inaugurada este sábado 20 de junio en el Centro de Arte Molino Machmar (CAMM) y disponible hasta mediados de agosto, la ilustradora conversó sobre los recuerdos que nutren su proceso creativo, la influencia de la maternidad, los desafíos de ilustrar “El libro de las preguntas” de Pablo Neruda y la importancia de crear espacios culturales pensados para las infancias. Una conversación íntima sobre la imaginación, la narración visual y el poder de las imágenes para acompañar las distintas etapas de la vida.
Cuándo creas tus ilustraciones ¿Piensas en el resto de los niños o en la construcción de la niñez que tienes en tu mente?
Si hay una niña en la cuál pienso, quizás sea en mí cuando era pequeña. No pienso en los otros niños, ni en si voy a hacer un libro para que los niños se entretengan. Al menos en las obras que son mías, como autora integral.
Yo creo que responde en algún momento de mi vida como auto ficción, también cuando me surge una pregunta muy grande o algo que me obsesiona, y mi manera de sacarlo es haciendo un libro para niños. Pienso en “Es Así”, un libro que habla del ciclo de la vida y de la muerte, o “Los de arriba y los de abajo” que aborda el tema de la migración cuando yo vivía en España. Y “Nosotros”, que es el momento en que me convierto en madre por primera vez y me aparece este vínculo impactante que es la maternidad con el hijo. Entonces, de alguna manera responden a una auto ficción, a un momento vital donde necesito sacar la historia hacia el exterior y salen con esta forma.
Considerando tu gran trayectoria, y que en este lapso te convertiste en madre ¿Qué tanto cambió tu forma de concebir y desarrollar tu arte desde el comienzo hasta la actualidad?
Más que la maternidad, me cambió el hecho de tener acceso. Me fui a vivir a Barcelona y estudié ilustración, pero mis primeros libros fueron autodidactas. Y esa creo que es la gracia que tengo, que soy autodidacta y me formé sola, desde ese lugar mis grandes referentes son personas o líneas artísticas que no han pasado por la universidad como el arte naif (corriente artística de estilo ingenuo), el art brut (obras creadas por personas ajenas al mundo artístico institucional), la cultura rupestre o incluso el propio bordado. Me encantan las cosas que hace la gente porque quiere hacerlas, sin ser algo académico. Aparte, tampoco me resultaría, porque no soy tan buena dibujando.
¿No te consideras buena dibujando?
No, no soy buena dibujando. Tengo una gracia, porque los ilustradores no necesariamente tienen que ser tan buenos dibujantes. Creo que tenemos que saber contar historias con el dibujo. Eso sí lo puedo hacer bien. Elijo bien las historias que yo puedo contar. He logrado manejar muy bien mi estilo.

Tu exposición en el CAMM se nutre, por un lado, de “El libro de las preguntas” de Pablo Neruda ¿Cómo nace esta idea y cómo fue el proceso para transformarla en realidad?
Surge de un encargo que me hace una editorial de Nueva York llamada Enchanted Lion Books, y en 2017 me ofrece ilustrar este libro. Para mí fue un regalo, en mi casa gustaban mucho de Neruda y mi profesora de la enseñanza básica me enseñó a leer con parte de este libro, sumado a la poesía de Gabriela Mistral.
Pero cuando me llega el encargo, me di cuenta de lo abstracto que era todo. Tenía que dibujar algo muy amplio sin responder la pregunta. La idea era crecer poéticamente la pregunta sin contestarla, fue muy difícil. Tenía que hacer una especie de metáfora visual. Me demoré seis años en terminar este libro. Investigué y leí mucho, busqué referentes como Humboldt, porque parecía que Neruda llegaba a un territorio como un niño, con otros ojos, viendo el mundo nuevo que se presenta ante sí. finalmente sale este libro. Fue increíble, porque fue best seller en el New York Times y se ganó un montón de premios, como el Grand Prix de la Bienal de Bratislava, un premio en Corea y gracias a eso fui finalista de los premios Hans Christian Andersen.
Además, la muestra incluye tu obra “Canción de cuna” ¿Cómo es la historia de este proyecto?
Fue una exposición que me encargó el Centro Cultural la Moneda (CCLM) en 2019, antes de pandemia. Me dijeron: “haz la mejor exposición de tu vida” y a mí el tema de los niños, la primera infancia, las canciones de cuna siempre me han parecido algo fascinante porque son multi-generacionales, multiculturales y viven por siempre en la memoria.
Lo más bonito fue que hicimos un llamado popular, creamos un correo donde la gente escribía qué canciones escuchaban cuando niños y fue hermoso. Había personas de Venezuela, Colombia y otros países. Seleccioné siete y puse algunas que eran mías, como “En el lejano bosque” o “Mira niñita”, que no es una canción de cuna, pero mucha gente la identifica como tal. Además, puse un poema de Gabriela Mistral. Luego me encargué de buscar gente que las cantara y recitara.
Me enfoqué en personas del folclore popular chileno con el que nos sentamos identificados. está Álvaro Díaz en “Se va a la lancha”, la Delfina Guzmán lee el poema de Gabriela Mistral: “El establo”, la Charo Cofré canta la canción de “Arrurú” y Los Jaivas cantaron “Mira niñita”.

¿Existe algún recuerdo de tu infancia que de manera consciente o inconsciente está presente en tus obras?
Probablemente sí. Pero más que eso, trato de dibujar lo que me habría gustado mirar a mi de niña. Me encantaban los animales y la naturaleza. Los recuerdos de cuando era niña y llovía, son los más lindos que podría tener. Yo salía al patio, vivía en una casa antigua, con un patio muy grande y daba vueltas las hojas de los árboles para hacerle casa a las hormigas, para que no se mojaran. Entonces pienso: qué lindos son los niños que tienen ese nivel de respeto y de protección hacia la naturaleza.
Al momento de crear una ilustración ¿permites que existan diversas interpretaciones?
Mis libros como autora son súper abiertos, tienen poco texto y pocas imágenes, yo los pienso así porque me encanta que queden a libre interpretación. En el fondo menos, es más. Creo que hay cosas universales en la vida como la vida, la muerte o el vínculo de una madre con un hijo. Investigué mucho para que la gente lea mi libro “Es así” y pueda comprender la muerte si es cristiano o budista. Trato que sean abiertos, que entren todos y que cada uno tenga su propia lectura.
¿Qué es lo que esperas de esta exposición durante su permanencia en el CAMM? ¿Cuál esperas que sea el vínculo entre el público y las obras?
Estoy muy contenta de que la exposición pueda ser itinerante. El Libro de las preguntas lo fue, pero a nivel escolar. Aquí me parece que hay un entorno más familiar, porque son vacaciones de invierno. Además, que haya espacios dedicados a la infancia es un modelo a replicar en todas partes. Que los niños sepan que van a un museo donde hay una exposición que fue pensada para ellos me parece increíble.
Está hecho con mucho cariño y se nota. Uno entra a la Sala de Artes Visuales y está preciosa, es inmersiva, acogedora y tranquila, pero a la vez tiene audio y una producción muy buena. Espero que la gente la disfrute, y aproveche de leer los libros y conversar sobre la ilustración, porque uno nunca sabe, quizás nace algún ilustrador.