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Roberto Bolaño: "Encuentro con Bolaño"

Por Jack Elkyon


ENCUENTRO CON BOLAÑO

 

El verano pasado participé en la Feria del Libro Itinerante de Puerto Varas. Una tarde, ya cerrada la jornada, me dirigí a comer un sándwich al café Mamusia del centro, lugar tradicional y cosmopolita, donde se juntan los vecinos de la ciudad y los turistas que vienen de todas partes del mundo a admirar la arquitectura germana, a visitar los lagos, bosques y volcanes de los alrededores. El local es caro para un escritor pobre como yo, pero ese día, como nunca, me había ido bien vendiendo mis libros en la feria y pensé en regalarme un gusto extravagante.

Como era de suponer, el local estaba atiborrado, por lo que me quedé afuera esperando una mesa, examinando el menú y precios en un cartel exhibido en la puerta. Miré por la vitrina hacia adentro del restaurante y vi en una pequeña mesa redonda de la esquina, al lado del ventanal, a un hombre de pelo crespo, delgado, quien fumaba y leía un libro con unos anteojos redondos y gruesos.

El sujeto tenía un aire familiar, me pareció conocerlo de antes. Entonces caí en cuenta: ¡la persona que estaba sentada allí no era otra que Roberto Bolaño! Pero, ¿Bolaño no había fallecido en Barcelona el año 2003? A lo mejor fue una noticia falsa, más bien una ficción, la que es parte de la vida de los narradores. Todos sabemos que la línea que divide la realidad de la ficción es borrosa. Si no era él, entonces, tendría que ser su clon. Me propuse averiguarlo, no podía dejar pasar la oportunidad de conocer a uno de los líderes de la literatura latinoamericana, al autor de novelas tan maravillosas como “Los Detectives Salvajes”, “Nocturno de Chile”, “Estrella Distante”, “Llamadas telefónicas”, “2666”; escritor de los cuentos que más releo y que doy de lectura en mis talleres: “El Ojo Silva” y “Sensini”.

Entré a trancadas al café y fui adonde estaba sentado mi ídolo. Bolaño exhalaba grandes bocanadas de humo de su cigarro. Me pareció extraño que lo dejaran fumar dentro del restaurante, pero él lo hacía con gran desparpajo, nada le

importaba. Estaba leyendo absorto a Enrique Lihn. Me paré al lado de la mesita.

―Señor, perdone que lo moleste—le dije—¿Es usted el escritor Roberto Bolaño?

Levantó la vista, acomodó sus anteojos y preguntó:

―¿Y usted quién es?

―Soy un escritor del sur de Chile…

―Ser escritor no es agradable…

―No, no lo es—respondí (lo sé por las penurias que paso a diario).

―Debe esmerarse en no escribir cursilerías como lo hace la mayoría de los escritores de este país.

 

Por opiniones políticamente incorrectas, como esta, Roberto Bolaño no es querido en Chile. No tuve tiempo de seguir la conversación. Se paró, tomó su libro y echando humo por todas partes, abandonó el local. Yo era el único que notaba su presencia. Me sentí privilegiado. Bolaño, el más grande narrador contemporáneo de nuestra literatura, vino a darme un consejo que no se me olvidará jamás.

Me senté en la mesita que había quedado vacía. Mientras reflexionaba en lo significativo que sería que una calle de Puerto Varas llevara su nombre, tal vez la única en su patria de origen, llegó la mesera a tomarme el pedido.

 

Jack Elkyon

Julio 2020


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